septiembre 17, 2019

Reseñas

Historias polares



The polar regions: an environmental history, de Adrian Howkins, es una interesante reflexión en torno a la labor del historiador ambiental. El trabajo sigue tres líneas argumentativas: las historias del Ártico y Antártida se profundizan y enriquecen si se estudian juntas, y las historias ambientales de estas regiones sirven para reflexionar sobre temas ambientales, porque brindan ejemplos extremos y las historias ambientales polares se caracterizan por contrastes y contradicciones, por sus condiciones geográficas extremas. La tesis principal es que las zonas polares son buenas como estudio de caso para hacer historia ambiental porque la “extrañeza” de las zonas permite ver con otras miradas temas que nos son familiares, también porque lo ambiental no puede ser ignorado en las historias de estos lugares (es un factor más relevante y obvio que en otros lugares) y porque las consecuencias del impacto de lo ambiental en otros campos, como el político o el económico son más obvio en estas zonas.

A lo largo de seis capítulos, Howkins busca algo “fijo” que sirva para justificar el estudio de ambas regiones de manera conjunta. Una primera justificación la encuentra en la definición misma de historia ambiental, al resaltar que una interacción entre naturaleza (geografía, fauna) y cultura (desarrollo histórico) sirven para definir a los polos. Pese a esto la principal justificación la encuentra en la naturaleza misma del Ártico y la Antártida al ser zonas extrañas, creándose unos puntos de contraste con el resto el planeta. Ese extrañamiento que provocan las regiones polares se debe al sentimiento de sobrevivencia en “lo natural y salvaje” en occidente, confronta al sujeto “occidental” con sus límites tanto físicos como tecnológicos.

Uno de los grandes aciertos que tiene el libro es que reconoce el riesgo de caer en un determinismo ambiental, lo que general mente lleva a la negación de la agencia humana, error en el que cae muchos trabajos de Historia Ambiental. Negar dicha agencia generalmente conlleva tientes coloniales o racistas, ya que implica que antes de la llegada de exploradores “occidentales” todo permanecía en una especie de estabilidad o equilibrio del cual formaban parte los habitantes existentes. Al resaltar este punto llena un vacío en la historiografía ambiental, si bien desde muy temprano en esta historiografía se advierte sobre el riesgo de caer en el determinismo ambiental, no se ahondaba en las consecuencias de dicho peligro, el cual radica en la imagen que se proyecta de los pueblos indígenas, a los cuales se tienden a enmarcar dentro de la figura del “indígena ecológico”. Esto implica sociedades estáticas y pueblos sin historia, en cuyas descripciones no se toma en cuenta los periodos de escasez, solo los de abundancia, fomentando el paternalismo colonialista ya que estos tienen la “obligación” de administrar correctamente los abundantes recursos y “hacerlos productivos”.

El aceptar al indígena como sujeto histórico en sus propios términos lleva a un choque entre los intereses de estos pueblos y los ambientalistas. Los primeros luchan por una autodeterminación que implica la puesta en práctica de tradiciones con base en sus creencias y su visión del mundo. Es justamente en este punto en donde chocan con los movimientos ambientalistas ya que la concepción de la naturaleza es diferente y por lo tanto su interacción con ella. Esa es la razón por la que, en el caso de la conservación del Ártico, los ambientalistas generalmente ignoran a los pueblos nativos.

Otra idea interesante que propone el libro es que la percepción humana del ambiente puede moldear el ambiente material. Esto se analiza en el capítulo dedicado a la historia de la exploración a través de los ojos de la historia ambiental, la búsqueda de nuevas rutas refleja una carrera por el control del ambiente y por ende del control político de una zona, por eso es importante conocer a los exploradores, porque sus puntos de vista son los que moldean la visión de las naciones para las que trabajan.

Lo que se resalta con el estudio de estos ejemplos unidos por su naturaleza extrema es que se sigue teniendo una visión “occidental” entorno al ambiente. Al querer responder preguntas sobre qué tanto vale la conservación de los polos a escala global o si la extracción de recursos representa un peligro al ambiente, es ver elementos aislados de un todo, se sigue buscando aislar los elementos y no verlos como un todo cambiante para intentar controlarlos y explotarlos. Lo que lleva a sustituir el sentimiento fatalista de muchas obras de historia ambiental por uno relativista. El ejemplo del turismo ecológico es ilustrativo, el calificarlo de positivo o negativo depende de cuál es su principal propósito, ¿conservar o difundir? ¿qué importa más el ambiente o los visitantes?

 

Howkins, Adrian,The polar regions: an environmental history, Cambridge, UK: (Polity), 2016.

 

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