abril 2, 2019

Perspectivas

La historia como arma: Reflexiones en torno a Brexit



Marcha en contra de Brexit, 2019. Autor: Thomas Davies, Wikimedia Commons, CC1.0 License, dominio público.

Desde afuera del Reino Unido es difícil entender el asunto Brexit. En los tiempos del referéndum en 2016, casi todos los observadores convinieron que salir de la Unión Europa tendría consecuencias funestas para el país. En el tema de la economía, sobre todo, parecía una locura salir voluntariamente de la unión de aranceles y del bloque comercial de la Unión Europea (UE).

El Reino Unido lleva 48 años como miembro de la comunidad económica europea: exporta la vasta mayoría de sus productos a la UE y recibe la mayor parte de sus importaciones desde allí. Las industrias automotriz y bancaria dependen de sus vínculos con la UE para su buen funcionamiento. Ahora que parece que el Reino Unido saldrá de la UE, ha comenzado la fuga de industrias: se han cerrado varias plantas automotrices y un número significado de bancos han transferido su sede operativa a Dublín y Frankfurt.

¿Qué motiva a los británicos perseguir una política que parece a punto de introducir al Reino Unido a una de la crisis económica más grande desde la segunda Guerra Mundial?

Entre los comentaristas domésticos y foráneos, la explicación preferida es la del hartazgo: señalan que la población británica culpa a la UE por las políticas de austeridad que persiguen los dos últimos gobiernos; acusa a la UE de fomentar la inmigración mediante la imposición de la libertad de movimiento, y piensa que estos inmigrantes ocupan los trabajos que deben realizar la clase trabajadora nacional, todo el tiempo consumiendo recursos públicos importantes como la seguridad social. Según esta explicación, el desempleo y el miedo a la inmigración lleva a la población británica a optar por separarse de la UE. Es un voto, de acuerdo a los comentaristas, similar al que llevó a ganar Donald Trump en 2016.

Hay mucho de verdad en la explicación anterior. No obstante, para mí, esta postura ignora otra cuestión muy importante: la cuestión de identidad y el nacionalismo. Es decir, la manera en la que los británicos entienden su relación con la UE con base en la historia.

Algunos historiadores del nacionalismo señalan que las comunidades hacen historia para diferenciarse de sus vecinos y explicar su lugar en el mundo. La nación es –en en palabras de Benedict Anderson– una “comunidad imaginada” que se define a través de las narraciones que usa para justificar su existencia. Hoy en día hacemos esta historia a través de las conmemoraciones cívicas y otras divulgaciones públicas de la historia, incluyendo la enseñanza de la historia en el aula de clase.

La historia de la “comunidad imaginada” británica se forjó a partir de la unión de las coronas inglesa, escocesa e irlandesa a principios del siglo XVIII. Según la historiadora Linda Colley, se definió en primer lugar en contra de su enemigo político principal –Francia­ y, luego, en relación con su expansión imperial durante el siglo XIX. Durante este periodo, el símbolo más visible de la identidad británica en el siglo XIX era el monarca: la reina Victoria, particularmente, cuyo gobierno (1837-1901) abarcó el periodo de mayor extensión del imperio británico.

La importancia de la reina Victoria para el nacionalismo británico se evidencia por la decisión de celebrar su cumpleaños, 24 de mayo, como una fiesta imperial conocida como Empire Day(día del imperio). La primera conmemoración ocurrió en 1904, tres años después de la muerte de la reina, y continuó hasta 1957 cuando se cambió el nombre de la celebración a Commonwealth Day(Día de la Mancomunidad).

The Assumption of Queen Victoria, Arthur Drummond, 1901, CC License

La propuesta de establecer un día especial para la exaltación del imperio británico fue de Reginald Brabazon, conde de Meath, aristócrata anglo-irlandés, ex diplomático del Foreign Office y conocido filántropo. Originalmente, Meath pretendía que la celebración se realizara solamente en las escuelas imperiales, para inocular el orgullo patriótico entre los jóvenes y estimularlos a participar en la defensa del imperio. Se pretendía que la festividad se enfocara a la veneración de la bandera británica, y, mediante las actividades rituales, se recordara los niños “la gran herencia” británica e imperial. Según testimonios, la ceremonia incluía un desfile y saludo a la bandera, así como el canto de los principales himnos patrióticos: God Save the King, Rule Britanniay Jerusalem.  Para inculcar en los niños el orgullo de ser británicos, se les impartían charlas en las cuales se afirmaba la superioridad de la raza anglosajona, así como la creencia de que la Gran Bretaña “era el mejor país del mundo”.

Parte importante del orgullo nacional frente al imperialismo era la convicción de que el gobierno británico mejoró las vidas de los súbditos colonizados. Al respeto, John Stuart Mill era muy elocuente:

[P]rimero, vivían bajo un mejor gobierno: la propiedad estaba resguardada, los impuestos eran moderados y el acceso a la tierra estaba más extendido y asegurado […]. […] Segundo, había mejorado la cultura pública: las costumbres y supersticiones que interfieren con la implementación de la industria habían disminuido; y el crecimiento de la actividad mental se había incrementado [a través de] la presentación de nuevos objetos de deseo para la población. Tercero, se habían introducido las artes extranjeras, […] importado capital extranjero […] [que inculcan] nuevas ideas y romp[en] las cadenas de la tradición, que si no mejoran la condición de la población, sí aumentan la ambición y el deseo de mejorar para el futuro.

Desde las ruinas de lo que quedaba de la Gran Bretaña, en la década de 1950 surgió un renacimiento del orgullo patriótico en torno al papel de este país en la segunda Guerra Mundial. Éste se fundamentó –sobre todo– en el orgullo de la valerosa defensa de la Gran Bretaña frente a los Nazis en 1940. Los británicos –olvidando su pasado imperial– se representaron como miembros de una débil y pequeña nación que heroicamente, sin aliados, impidió la conquista nazi de toda Europa. Esta representación heroica sustituyó el carácter imperial como fundamento del orgullo británico. Es una narrativa que ignora las rivalidades y diferencias entre los países integrantes de la comunidad británica. Desde la perspectiva de la cultura popular, el extendido uso de la expresión “espíritu de Dunquerque” para describir el esfuerzo colectivo para enfrentar una adversidad, ilustra la importancia de ese momento histórico en la identidad británica actual.

“Britain expects that you too this day will do your duty.” National Archives ref. INF3 163, dominio público.

La fecha más importante del calendario cívico es ahora la conmemoración de los muertos de las dos grandes guerras del siglo XX el 11 de noviembre, fecha en que se firmó el armisticio con Alemania y sus aliados en 1918. Antes de la segunda Guerra Mundial se conocía como Armistice Day. El domingo previo al día 11 generalmente se realizaba un acto religioso conmemorativo, conocido como Remembrance Sunday. A partir de la segunda Guerra Mundial, el Armistice Dayse movió al segundo domingo del mes de noviembre. De este modo los ritos religioso y cívico quedaron fusionados en un solo evento y, después de 1945, se asumió que su propósito era sólo recordar a los muertos de las guerras. En 1995, en el marco del quincuagésimo aniversario del fin de la segunda Guerra Mundial, se llevó a cabo un evento separado y especial el 11 de noviembre. Desde entonces, nuevamente se separaron ambas conmemoraciones: el Armistice Day tiene lugar el día 11 y el Remembrance Sunday, el domingo previo inmediato.

Desde una identidad nacional con fuertes raíces imperiales, y una memoria pública cultivada para recordar el heroísmo de los soldados que murieron en dos guerras recientes con Alemania, la presencia del Reino Unido en la Unión Europea siempre ha sido motivo de tensión. Es común oír chistes que asemejan la UE con un nuevo intento por Alemania para conquistar Europa. En el discurso político, desde tiempos de Margaret Thatcher la UE siempre se pinta como una institución opresora que quiere interferir en el gobierno del Reino Unido para realizar cambios innecesarios en la vida cotidiana. Un mito persistente es el de un orden europeo que buscaba prohibir los plátanos curvados, por ejemplo.

Consiguientemente, el mito histórico “del espíritu del Dunquerque” –cuando el Reino Unido se enfrentó a Hitler de manera independiente– sirve para convencer a muchos que su país no necesita a Europa. Recuerdos de un pasado en el que la Gran Bretaña –en palabras Rule Britannia– “gobernaba las olas” convencen a algunos de que una vez liberada del yugo europeo, el Reino Unido volverá a tomar su lugar correcto entre los países dominantes del globo. De acuerdo con esta visión, el legado benigno del imperio británico significa que los países ex-coloniales tienen mucho interés y entusiasmo para forjar vínculos comerciales importantes con el Reino Unido. El poder histórico del Reino Unido, asimismo, ayudará para que establezca tratados de comercio con las demás naciones de manera rápida.

En breve, la memoria pública y el nacionalismo en el Reino Unido deben reconocerse como potentes motores de la política de Brexit. Es indudable que las demás consideraciones económicas, clasistas y anti inmigrantes fueron elementos que explica el voto a favor de salir de la UE. Sin embargo, los políticos pro-Brexit siempre tienen a su lado el arma de la mitología histórica. Que el gobierno del Reino Unido proponga salir de la Unión Europea sin un acuerdo de por medio y enfrentando una crisis económica inusitada, como una opción viable al público, es testimonio del poder de esta arma.

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