octubre 28, 2026

Perspectivas

Scheherezade en los Balcanes



Nacida en 1973 en Sofía, Bulgaria, Kapka Kassabova, después de estudiar en el Colegio Francés, se fue a Nueva Zelanda con su familia unos doce años, antes de instalarse, en 2005, en los Altos de Escocia. Si bien el búlgaro es su lengua materna, escribe en inglés. Espléndidamente. Su primera novela, Street Without a Name: Childhood and Others Mesaventures in Bulgaria, ganó el premio Commonwealth Writer’s for Asia Pacific; y The Border, el premio francés Nicolas Bouvier.

Devoré su tetralogía como historiador fascinado por los imperios, sus méritos, sus defectos y su desastroso fin con prolongaciones trágicas. Los Balcanes han visto pasar los imperios romanos de Occidente y de Oriente, el imperio búlgaro, el imperio otomano y su contemporáneo, el imperio Habsburgo; las dos guerras mundiales los han dividido en tantas naciones enfrentadas que la palabra “balcanización” entró en la ciencia política, y que la Macedonia, peleada por serbios, búlgaros y griegos, pertenece ahora al vocabulario culinario como “macedonia de verduras”, revoltura de muchas verduras picadas. La Guerra Fría endureció las divisiones y su final fue acompañado de las guerras de la ex Yugoslavia. El historiador es sensible a la suerte de las pequeñas naciones, de las familias sacrificadas por esas fronteras, bastante recientes, si uno piensa en la historia milenaria de la región.

Pero la emoción del lector rebasa el interés del académico, porque Kapka Kassabova cuenta mil y una historias. Nos presenta como personas a las montañas, los lagos, ríos, bosques, en compañía de los animales: lobos, osos, serpientes, caballos, ovejas, borregos, cabras, perros, hombres, mujeres y niños, todos seres vivos, dotados de ánima. A lo largo de sus cuatro libros, ella va de lo más amplio, en cuanto al espacio, hasta lo más estrecho, de la península de los Balcanes hasta un solo valle. Por ello, el escocés Neal Ascherson, el autor del fabuloso El mar Negro, cuna de civilización y de la barbarie (Tusquets, 2001), la definió como “una Sheherezade moderna”.

Border empieza y termina sobre el mar Negro, pero la región donde se tocan y chocan Turquía, Bulgaria y Grecia va hasta el Mediterráneo. Durante la Guerra Fría, fue “un Muro de Berlín forestal oscurecido por los ejércitos de tres países”. Libro hermoso y trágico, mezcla la lectura de todos los clásicos del siglo XIX y XX con el diálogo y la escucha de la gente. Excelente guía geográfica, etnográfica y religiosa, Kapka nos fascina con el talento de la cuentista que transmite, en una prosa soberbia e imaginativa, la voz de la gente. Cuando la esposa de Felix S. le pregunta: “¿No es más extraña la vida que la ficción?”, uno se da cuenta que el libro lo demuestra. Libro extraordinario de no-ficción que moviliza todas las disciplinas, sin olvidar nunca la poesía y la compasión. Mezcla el pasado más remoto con el ayer y el hoy, los mitos ancestrales y los sueños actuales, las vidas rotas, primero por el comunismo, luego por el fin del comunismo y el reino del dinero, y las vidas jóvenes que creen en nuevas posibilidades. Kapka Kassabova encuentra sobrevivientes, refugiados, desplazados griegos, turcos, kurdos, oportunistas, delincuentes; concluye que “es un milagro de melancolía que sobrevivan fragmentos desgarrados de lo que fue antaño una rica tapicería humana”.

El segundo libro, To the Lake [Al Lago], está dedicado “A mi madre y a los niños de todos los exiliados y refugiados. Puedan ustedes encontrar vuestro camino a la fuente. Los muertos abren los ojos de los vivos. Y a los lagos, su generosidad sin límite”. El subtítulo reza “Jornada balcánica de guerra y paz”. El enfoque se cierra sobre los lagos al encuentro de Albania, Grecia y Macedonia (que hay que llamar Macedonia del Norte, para no irritar a Atenas). Son el lago Ohrid (Ocridia en español), lugar natal de su abuela, el Prespa y el Prespa chico, que alimentan el Ohrid por una corriente subterránea, fenómeno clásico de las regiones de roca caliza (“karst” dicen los geólogos) que maravillaba a Petrarca frente a la “fuente del Valle Cerrado” (vallis clausa, “vaucluse”, en Provenza). El Ohrid, “patrimonio de la humanidad”, repartido entre Macedonia del Norte y Albania, fue peleado entre 1912 y 1918, por serbios, búlgaros y albaneses; los búlgaros lo tomaron durante la Segunda Guerra Mundial, luego fue yugoslavo hasta 1991. La ciudad de Ohrid había sido un tiempo la capital del imperio búlgaro y la sede del Patriarcado de Bulgaria. En las riberas del lago se encuentra la iglesia rupestre que abrirá la famosa Virgen Negra del siglo XIV que vienen a visitar cristianos y musulmanes.

En el siglo XVIII, la viajera inglesa Mary Wortley Montagu, cuando preguntaba a los campesinos si eran musulmanes o cristianos, los escuchaba responder: “somos musulmanes, pero de la Virgen María”; en 1878, Arthur J. Evans apuntaba que “los albaneses van a la mezquita a mediodía y a la iglesia al final del día con la mayor sangre fría”. Y Kapka Kassabova hubo de comentar: “He visto musulmanes albaneses comprar íconos de la Virgen Negra y agua bendita”. Los mismos van a rezar sobre la tumba de San Nahum, en su monasterio del lago Prespa. Antes de las guerras mundiales, la región era todavía un ejemplo de tolerancia, de coexistencia pacífica entre naciones y religiones, pero vinieron las ideologías mortíferas que la volvieron conflictiva y la fracturaron, como la familia de la autora. La familia resultó el microcosmo de fracturas mayores, políticas, étnicas, nacionalistas; dos guerras mundiales, guerras civiles, guerrilla, bandidos, totalitarismos.

El 9 de octubre de 1944, Churchill que comía con Stalin en el Kremlin le dijo, más o menos: “Debemos arreglar nuestros asuntos en los Balcanes. Vuestros ejércitos están en Rumania y Bulgaria. Escribí sobre una servilleta de papel unos porcentajes. Rumania: Rusia 90 %, los demás 10. Grecia: Reino Unido 90 %, Rusia 10 %. Yugoslavia: 50-50. Hungría: 50-50. Bulgaria: Rusia 75 %. Empujé la servilleta hacia Stalin que había escuchado la traducción. Hubo una ligera pausa, luego él tomó su lápiz azul, subrayó con una larga raya y me la devolvió. Todo quedó arreglado sin tomar más tiempo que esto”. Enseguida, la Guerra Civil empezó en Grecia, terrible, cruel, la “catástrofe” dijeron los sobrevivientes, katastrofata. Atrocidades sin nombre cometidas por rojos y blancos, pueblos enteros arrasados, sobre todo los pueblos bulgaro-macedonios: la diáspora macedonia llegó hasta Australia y Nueva Zelandia, como Kapka y sus padres.

Al final, ella suplica: “No olviden esto, que los malditos no nos dividan de nuevo. Nuestra tragedia es la fragmentación. Empieza como un estado mental y termina como destino. Es la tragedia de nuestra familia de naciones que cojean a lo largo de esa gran península, como un ejército de soldados ciegos, viejos de mil años que buscan un lugar donde descansar. Dejenlos descansar. Perdónenlos, perdónenme, olvídennos. Nuestro miedo nos volvió locos y melancólicos”.

Elixir: In the Valley of the End of Time se sitúa en un valle, en el Sur de Bulgaria, a lo largo del río Mesta, atrapado entre los altos montes Rila, Pirin y Ródope, a la frontera con Grecia. “Elixir”, porque la autora nos presenta “un largo linaje de herboristas, curanderos, místicos que viven muy cerca de la tierra en un sistema simbiótico que mezcla naturaleza y cultura hace miles de años”. Como siempre, Kapka busca lo que une gentes, plantas, cerros, ríos, bosques, osos, lobos; como siempre relato y cuentos mezclan autobiografía, geografía, historia, espiritualidad, con insistencia, en este libro, sobre la botánica. Cristianos, musulmanes, gitanos han vivido juntos durante siglos; ahí nos encontramos con los pomaks, búlgaros convertidos al islam en el siglo XVI, víctimas durante mucho tiempo de los Estados modernos; han sobevivido las guerras y los masacres, el totalitarismo comunista y ahora la “cleptocracia”.

En forma paralela, la autora realiza su viaje interior, se transforma al contacto de las plantas, de las montañas, de la gente. El lector se siente invadido por la melancolía al escuchar esa crónica de la muerte anunciada de un mundo que ya hemos perdido nosotros, en la mayoría de los países, con la destrucción ecológica. Ella registra la deforestación sin freno y la disminución de los pájaros. Sin embargo, la gente viene de lejos para consultar a los curanderas, esas nobles ancianas que conocen las virtudes de todas las plantas, de 30 mil plantas según el botanista belga que ella encontró. Kapka Kassabova nos invita a “repensar cómo vivimos –en relación con los otros, con la Tierra, con el cosmos”.

Con Anima: A Wild Pastoral, ella cierra la tetralogía. Todo tiene “ánima”, soplo (psykhe), vida. De las montañas omnipresentes, nos dice que “son las caras inteligentes de un planeta que hemos habitado sin realmente saberlo”. Los animales tienen ánima, hombres y animales tienen ánima y conviven. Es lo que ella hizo, convivir en compañía de animales y de unos hombres apasionados que, después de 1989, después de la caída del Muro, decidieron, contra toda esperanza, salvar algunas de las más antiguas especies domesticadas por el hombre: borregos, cabras, caballos y perros. Compartió con ellos una vida pastoral que, después de 7 mil años, se está acabando, la vida de los pastores nómadas que se desplazan con sus animales, en busca de pastura. En griego, nomas significa “pastor ambulante”.

En mi infancia (nací en 1942), ví cada año, en mayo o junio, los pastores provenzales atravesar mi ciudad de Aix-en-Provence, para llevar sus incontables rebaños de ovejas hasta los Alpes. Creo que la última vez fue en 1954. La Unesco declaró que ese modo de vida, la “trashumancia”, era patrimonio de la humanidad:  deseo piadoso que no sirvió de nada. Todo se une para acabar con tal modo de vida; los Estados no toleran esos nómadas que no conocen las fronteras políticas; desde el nacimiento de la agricultura, el conflicto ha sido permanente y los sedentarios han ganado porque son muchos los factores económicos que juegan contra la vida pastoral.

Kapka Kassabova vivió varios meses con los pastores y los nómadas karakachan que viven entre el Pirin y el Ródope, la frontera entre Bulgaria y Grecia. Cuenta, pinta, nos hace escuchar las voces de los últimos pastores nómadas de Europa. Destruidos tanto por el comunismo como por el actual capitalismo, esas gentes son los hermanos de los “Dharma bums” tan queridos por Jack Kerouac. Antoine Perraud, en el diario La Croix, dice que Kapka Kassabova hace el “elogio de una espiritualidad rumiante”. Ella dice que “No son las grandes ideas las que cambian al mundo, sino la experiencia y el vivir de los lugares y de las gentes.” Eso le permitió ser la logógrafa de los karakachan y demás pastores, desplazados, refugiados que ha encontrado a lo largo de sus viajes y estancias.

 

“Antes que todo, esas gentes eran alteños. Su nacionalidad era la montaña. En el país donde los pequeños animales herbívoros son la religión, el pasto la iglesia, el ritmo de las estaciones la Bíblia y los perros que ladran alrededor del rebaño el coro, nómadas y campesinos tenían el derecho de expandir el pasto mediante el control de los incendios y del bosque”. En tiempos del imperio otomano, el pastoreo era sagrado. Hasta el último día rigió el decreto siguiente: “La tierra que es originalmente de pastoreo no puede ser roturada. Si alguien lo hace por la fuerza, tendrá la obligación inmediata de restaurar el estado anterior”. A la hora del comunismo triunfante, los rebaños fueron colectivizados, las casas de los pastores arrasadas y sus habitantes obligados a vivir en los pueblos y las ciudades, víctimas de su clochardización, empobrecimiento extremo, marginalización, pérdida de la dignidad. En 1900, había 394 mil caballos en la región, que eran 250 mil en 1940: de los cuales 100 mil eran de la raza karakachan. En 1957, cuando el régimen colectivizó y sedentarizó rebaños y pastores, los caballos resultaron sobrando y fueron abatidos en masa. “El genocidio del caballo karakachan fue en Europa el acto final contra el nomadismo”.

Con los valientes utopistas que, después de la caída del comunismo, emprendieron resucitar la vida pastoral, Kapka Kassabova descubrió que su vida tiene una “monotonía monástica”. “La oración de la mañana: ordeñar las ovejas y llevar el rebaño al pastizal. Oración de mediodía: pladnina (pan casero). Vísperas: llevar el rebaño a casa, dar de comer a los perros. Merienda humilde, acostarse, luego levantarse temprano para la oración de la mañana”. De pasada, uno se entera que Espartaco, el famoso Spartacus, antes de ser gladiador y el líder de la mayor rebelión de esclavos de todos los tiempos, nació en ese valle, en una tribu de pastores. Kapka admira, celebra la desesperada empresa de estos hombres y mujeres que saben que “sin el caballo, todos los otros animales quedan huérfanos y, más que todos ellos, el animal humano”.

  • Kapka Kassabova, Border, a Journey to the Edge of Europe (2017); To the Lake: A Balkan Journey (2020); Elixir: In the Valley at the End of Time (2023); Anima: A Wild Pastoral (2024), cuatro libros en la editorial Graywolf, 1609 páginas en total.

Publicada originalmente en, Cultura y vida cotidiana de nexos,  octubre 26, 2026: