junio 12, 2019

Perspectivas

De pavorreales y justicia en la Atenas clásica



Partenón, Licencia CC BY-SA 2.5

A veces, uno de los mayores placeres que produce el estudio de la historia antigua es, paradójicamente, su relativa escasez de fuentes. Un exceso de fuentes puede ahogar la imaginación, mientras que la sed que produce su escasez nos fuerza a pensar de manera más creativa sobre el problema que deseamos explorar: a enfatizar lo circunstancial de la evidencia presente, y a hacer uso de analogías, o aprovechar las herramientas de otras disciplinas más abiertamente que los historiadores de épocas más modernas y mejor informadas. El buscar y desarrollar conexiones y contrastes entre temas aparentemente aislados puede resultar, además, en conclusiones inesperadas de un interés más general que el de ‘saber cada vez más, sobre cada vez menos’ al que, a veces, nos impulsa la sobreabundancia.

Sobreviven algunos prometedoresfragmentos y alusiones indirectas y dispersas en diversas fuentes que hablan de varias generaciones de pavorreales que vivieron en la Atenas clásica de la segunda mitad del siglo V a.C., que nos presentan con una oportunidad de este tipo. Llegaron a Atenas por vía de Pyrilampes, quien los recibió como regalo del rey persa, Artaxerxes, al concluir una exitosa misión diplomática en su corte a nombre del demosateniense en c. 445 a.C. Y esa sería la raíz del problema.

Desde el tiempo mítico de los poemas homéricos, el intercambio de regalos formaba un elemento fundamental para establecer vínculos de reciprocidad y confianza entre extraños. Significaba una antigua herencia de normas, nunca escritas, pero generalizadas en el mundo mediterráneo y del cercano oriente, que los griegos llamaban xenia. Aquellos miembros de las aristocracias gobernantes, guerreras y cosmopolitas de los siglos que precedieron al establecimiento de la democracia Ateniense, intercambiaban regalos con sus símiles en otros estados sin mayor prejuicio a su reputación o cuestionamiento de su lealtad y que, en vez, ostentaban como parte de su excelencia. Según Heródoto, por ejemplo, el aristocrático clan Ateniense de los Alcmaeonidaemantenía la memoria familiar de cómo Alcmeón hijo de Megacles había establecido la prosperidad de su estirpe después de recibir como regalo de Creso, rey de Lydia, (a cuyos emisarios al oráculo de Delfos había ayudado años antes) ‘todo el oro  que pudiera sacar de la sala de tesoros sobre su persona en un solo viaje’ – mismo que Alcmeón procuró cargar hasta metido en su boca y empolvado en su pelo (causando tal risa en Creso que le dobló la cantidad de oro regalado). Según los prejuicios de la época, no era el miedo a las sanciones de la ley que mantenía a esos aristócratas incorruptos ante tales beneficios, sino que se asumía que eran aristoi(los mejores) por su virtud y su heredada ética de noblesse oblige contra la cual se juzgaba su excelencia; y que a la vez era resultado de su agencia moral:  por eso merecían gobernar sobre los menos libres y por lo tanto los menos morales.

150 años después de las hazañas de Alcmeón, la cultura política de la democracia Ateniense consideraba a los regalos, sobre todo aquellos recibidos de manos extranjeras, como un problema paradigmático. El primer uso que sobrevive del término ‘democracia’, como sistema político, se encuentra, también, en la Historiaque Heródoto compuso en c. 440 a.C. Sin embargo, los atenienses identificaban, retrospectivamente, el inicio de la democracia en las reformas de Clístenes (otro miembro de los Alcmaeonidae), 70 años antes, en 508 a.C. Con esas reformas los atenienses decían buscar la eunomía(εὐνομίαbuen orden/buenas leyes) e isonomía(ἰσονομία: igualdad ante la ley). Estos objetivos subyacían y le daban contenido al concepto de ‘poder del pueblo’.Implicaban el deseo de acabar con los privilegios de los que gozaban los clanes aristocráticos que habían hecho tanto por causar faccionalismo y violencia en el siglo anterior. En vez de ser gobernados por grandes aristócratas, la democracia ateniense buscaba ser gobernada por leyes y el establecer el principio de que todo ateniense tomara su turno para proponerlas y ejecutarlas en nombre de todo el demos: ‘gobernar y ser gobernados en turno’ cómo iba la expresión de la época. La primera reforma de Clístenes, por ejemplo, cambió la definición de ciudadanía: de pertenecer a una de las ancestrales fratrías(hermandades) de Attica (la provincia de la que Atenas era capital) que normalmente apadrinaba un aristócrata, esta se definiría por registro cómo miembro de una de las nuevas y racionales subdivisiones geográficas de su territorio, llamadas demoi,que los reformadores habían establecido. Igualmente, los oficiales de la democracia servían al ‘pueblo’ soberano (definido como los hombres mayores de edad reconocidos como ciudadanos y que vivían en Attica junto con sus mujeres y niños además de extranjeros residentes – metecos– y esclavos), quien les había prestado autoridad por un tiempo limitado, pero era responsable por aprobar o descartar sus propuestas a través de votaciones directas en la asamblea de todos los ciudadanos.

Conforme el marco normativo de la democracia ateniense fue desarrollándose, sin embargo, se volvió más obvia la diferencia entre lo que en la Francia contemporánea, aludiendo a la observación Charles Maurrás, se sigue llamando le pays légal (cómo lo define la constitución y sus ideales) yle pays réel(los antiguos afectos, lealtades y costumbres que rigen la vida cotidiana pero que no se ven representadas en la ley formal). Sabemos que hasta los atenienses más demócratas mentían su afecto a, y participación en, sus antiguas fratrías y seguían respetando la autoridad informal de los aristócratas encargados de oficiar y salvaguardar todo tipo de ‘ritos de paso’ ancestrales. Más generalmente, podemos ver la preocupación Ateniense por el conflicto entre la ley formal y la costumbre – y el miedo a que no queda claro cuál representa mejor a la justicia – en las tramas de muchas de sus más memorables tragedias, cómo la Antígonade Sófocles.    

En el caso de los regalos, la democracia ateniense asumía que eran una costumbre generalizada. En el caso de los embajadores en particular, el cultivar relaciones personales de xeniaera esencial y el rechazar un regalo, no era un acto neutral sino un insulto a quien lo ofrecía. En consecuencia, a la democracia ateniense no le interesaba descubrir si sus oficiales habían recibido regalos o no, sino el efecto que los regalos habían tenido sobre el desempeño de las responsabilidades de quien los recibía: si habían facilitado su misión a favor del demos, o si lo habían inducido a anteponer su beneficio personal al bien del demos. Esto se determinaba en un juicio de escrutinio por corrupción rutinario ante un jurado de entre 200 y hasta 600 conciudadanos cuando el embajador dejaba su puesto. Este mecanismo epistemológico encaja con otros tipos de salvaguardas legales y procesales que eran esenciales para el funcionamiento responsable de una ‘democracia directa’ como la ateniense. Por ejemplo, todo oficial tenía que pasar un juicio de escrutinio antes de asumir su puesto y otro al terminarlo. Además, cualquier conciudadano ateniense podía promover un juicio de corrupción – que incluía el ‘haber engañado al demos’con información errónea durante debates en la asamblea – en contra de cualquier oficial o exoficial de la democracia. Para quienes hayan seguido los vaivenes del proceso de ‘Brexit’ que resultó de un plebiscito en el Reino Unido el 23 de junio de 2016, es clara la falta que hicieron tales controles en ese ejercicio de democracia directa.

El juicio rutinario al que se sometió Pyrilampes al regresar a Atenas, determinó que sus pavorreales no lo habían corrompido. En parte porque el jurado aceptó que eran un regalo de estado y por lo tanto no eran de la propiedad exclusiva del embajador. En consecuencia, el jurado resolvió que los pavorreales recibirían el estatus de metecos(extranjeros residentes legales en Atenas) y Pyrilampes se haría cargo de ellos en su propiedad – pero como prueba de que no eran su propiedad privada, tendría que dejar entrar a cualquier ateniense que así lo deseara a visitarlos en un día establecido de cada mes lunar. El arreglo hacía sentido. Por un lado, los pavorreales, que cómo especie provienen del subcontinente Indico, eran prácticamente desconocidos en el mundo griego y rápidamente produjeron un revuelo de interés entre los atenienses, que podemos vislumbrar por su apariencia en comedias como los Pajarosy los Acarnanios de Aristófanes o en los varios textos contemporáneos citados siglos después por Plutarco en su biografía de Pericles. Por otro lado, Pyrilampes quería limpiarse de cualquier sospecha sobre su persona, dado que era de familia impecablemente aristocrática – nada menos que tío de Platón – pero convertido en demócrata radicalal allegarse políticamente a Pericles (otro miembro, por lado materno, de los Alcmaeonida). Podemos inferir su inquietud al respecto por el hecho de que nombraría a su hijo mayor ‘Demos’. Pero ni su juicio ni sus gestos populacheros borrarían del todo la sospecha que los pavorreales le otorgaban una posición privilegiada inmerecida: las malas lenguas decían, por ejemplo, que utilizaba los huevos que producían los pavorreales bajo su guarda para convencer a diversas mujeres de acostarse con su amigo Pericles (un comentario, también, sobre los prejuicios Atenienses de la época que veían a Pericles como algo raro por sus gustos empedernidamente heterosexuales).

A pesar de este tipo de rumores, sin embargo, los pavorreales no le causaron problemas mayores a Pyrilampes, porque era un buen demócrata. Paradójicamente lo mismo no se podía asegurar de su hijo, Demos, quien heredo la custodia de los exóticos pájaros. Rico, con fama de guapo y miembro del grupo de jóvenes fascinados por la iconoclasia de Sócrates y el nuevo conocimiento avocado por los ‘sofistas’, Demos pertenecía a una jeunesse dorée atraída por el relativismo; divertida por el cinismo; confiada en la fuerza de la racionalidad; convencida de la esencialidad del poder para explicar las relaciones humanas y por lo tanto impaciente con la democracia. Personajes como Pheidippidesen Las Nubesde Aristófanes; o de Trasimaco en La Republicareflejaban a una generación real que produjo a individuos como Alcibiades, Critias o el autor conocido como ‘el viejo oligarca’. Individuos que se sabía superiores a sus conciudadanos, no por la gracia de haber nacido para asumir los privilegios y la responsabilidad de custodiar antiguas tradiciones con sus vidas; sino por sus meritos, medidos en superioridad intelectual, capacidad política y riqueza o poder. Por ello rechazaban la ética democrática: no les parecía ni justo ni conveniente para el estado que las mayorías ignorantes, supersticiosas y brutalizadas por la pobreza gobernaran a ‘los mejores’ solo por ser más numerosos en la asamblea soberana o en los jurados. Como habrán molestado sus amigos al pobre de Demos por su nombre en los clubs privados (hetaireiai) a los que pertenecía para discutir de política y, cuando fluía bien el vino, para desahogarse de las frustraciones causadas por las limitantes a su potencial que sentían que les imponía la democracia: cantando versos antidemocráticos de Teognís de Megara o suspirando por la genialidad y belleza de uno de sus brillantes pares en el juego del Kottabos.

Como cualquier esquema humano, los instrumentos legales de la democracia ateniense se prestaban al oportunismo. Los llamados ‘sicofantes’ buscaban hacerse de renombre al triunfar en un caso legal espectacular. Había la fama que proporcionaba llevar una acusación exitosa contra un ricachón o un político prominente; además de importantes incentivos económicos dado que el acusador se podía quedar con parte de la multa que el acusado tendría que pagar si se le encontraba culpable. Por otra parte, existía el riesgo de perder el caso y tener que pagar una multa por difamación. Si el defensor ostentaba buena fama de servidor del demos, tenía buenas esperanzas de ganar el caso. El miedo a los juicios, en otras palabras, reforzaban las convenciones y actitudes democracias de los atenienses más que la letra de la ley: Sócrates se podría haber salvado en 399 si hubiera estado dispuesto a traicionar su verdad por hacerle la barba a la democracia – como ocurrió en el juicio de Andocides el mismo año.

Pyrilampes no era una buena apuesta para un potencial acusador. Pero Demos, por su estilo de vida y sus amigos, aunado a la fama que tenía su familia por cercanía a la corte del rey persa, lo convertía en una presa viable en 415 a.C. Ese año era un momento de sobre confianza democratica, pero también cierta paranoia. En una tregua durante la Guerra del Peloponeso la asamblea había aceptado la propuesta de Alcibiades de lanzar una enorme expedición para conquistar Sicilia, pero la noche antes de su salida alguien había descarado a las esculturas de Hermes que muchos atenienses ostentaban fuera de sus casas y, se decía, otros se habían burlado de los misterios Eleusinos – mal augurio para una gran y arriesgada expedición. De ese momento sobreviven fragmentos de un juicio que promovió un tal Erasistratos contra Demos en el que la acusación central era de su uso indebido de los pavorreales cuyo cargo había heredado de su padre. Lo acusaban de que no dejaba a los atenienses visitarlos, como era su derecho, y que los utilizaba para ganar influencias y enriquecimiento personal. No sabemos el resultado del caso, pero tenemos noticias de Demos en Atenas treinta años después, mientras que Erasistratos se convirtió de pseudo defensor de la ética democrática en 415, a uno de los ‘treinta tiranos’ que conformaron un sanguinario golpe de estado oligárquico después de la derrota Ateniense en la guerra del Peloponeso en 404 a.C, junto con antiguos asociados y parientes de Demos, como Critias – lo que sugiere que Erasistratos perdió el caso, sufrió los costos y se decepcionó de la democracia.

Como podemos intimar, desde nuestra perspectiva, los juicios por corrupción en la democracia Ateniense tenían un carácter más político que legalista y buscaban la restauración de la harmonía social más que la estricta aplicación de leyes cuidadosamente definidas en ‘legalés’. Había una diferenciación en el procedimiento de la legislación que pasaba la asamblea democrática y las resoluciones de casos legales por las que votaban los jurados atenienses – pero no había una separación de poderes. Los juicios atenienses parecen más a los juicios de residenciade la monarquía hispana – con sus largas listas de preguntas ambiguas a variados testigos – que nuestras fiscalías especializadas, donde la justicia se maneja remotamente de la población, por estar en manos de expertos, en vez del demos. Son diferentes ‘epistemologías jurídicas’, pero compartimos con los antiguos el objetivo de como acercarnos mejor a la verdadera justicia. Por ello, explorar los problemas que identificaban en sociedades pasadas y entender sus soluciones nos hace eco hoy en día: el esfuerzo siempre vale la pena y es siempre enriquecedor.

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